Artista 09,2017

(Septiembre 2017)

Teresa Zimbrón


 

Fecha: 2017-09-01

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La artista Teresa Zimbrón se ha dedicado principalmente a la pintura y a la escultura y durante muchos años trabajó en cerámica. Su obra bidimensional está conformada por imágenes principalmente pausadas y reflexivas que invitan a la meditación, a la contemplación y a la introspección. Es una pintura que indaga, desde la intimidad, temas universales y simbólicos.

 

En 1974 entró a estudiar en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Siendo estudiante, y  aunque encaminada hacia la pintura, obtuvo una beca para estudiar cerámica en Faenza, Italia, involucrándose de lleno en este medio, que trabajó cerca de quince años. Por problemas de salud y recomendación médica debió abandonar la cerámica. Tuvo un periodo de ausencia del arte por razones personales, y algunos años después retomó la pintura. Este distanciamiento implicó una separación de la generación a la que pertenece y que hoy son artistas que desarrollaron sus trayectorias con lenguajes muy marcados y definidos. Cuando regresó a la escena artística y retomó la producción sistemática, se enfrentó a la búsqueda de un camino propio. Teresa Zimbrón es una pintora que encuentra la estabilidad, alcanza su centro y reafirma su vocación en la pintura.

 

Inicialmente la artista se identificó con el neomexicanismo –Enrique Guzmán, señala con precisión- por una parte, porque los pintores representativos de esta tendencia se referían a sus propias historias, abordando puntos de vista y situaciones más personales e íntimas; también por su carácter simbólico, aunque no necesariamente por representaciones del simbolismo mexicano sino universal; es decir, una pintura que hacía referencia a las actitudes de los seres humanos.

 

En esta etapa, Teresa Zimbrón trabaja con una paleta contrastada, de colores que tienden a las tonalidades óxido que reflejan cierta desolación y melancolía, y en la cual los fondos eran más expresivos y predominantes que la figura.

 

Las figuras -ya sea en movimiento, o en completo silencio y soledad- se encuentran como aisladas o enfrentadas en escenarios y paisajes intensos. Hay tal vez un punto intermedio de transición expresado con mucha claridad, una pintura que remite al romanticismo alemán; figuras humanas perfectamente delineadas que revelan la destreza de la técnica del dibujo como herramienta de aprehensión y de conocimiento del mundo circundante, pero también una suerte de espejo, una identificación y una búsqueda por medio del dominio de la figura contrastada en fondos inquietantes, a veces violentos; figuras que se ven confrontadas frente a una naturaleza inconmensurable y en constante movimiento, sensación que le transmitió el norte de México.

 

La artista paulatinamente ha ido derivando a una figuración muy fina y detallada. Los personajes se sitúan en fondos que suelen ser planos y abstractos. Si antes éstos predominaban por su carácter expresivo y las figuras quedaban en segundo plano, más recientemente la artista da un viraje hacia lo opuesto: ahora las figuras destacan sobre esos fondos puros, casi metafísicos: el tema central está ahí, no hay nada que distraiga o desvíe la atención. Se refuerza la sensación de estabilidad, de cierta calma o una actitud más contemplativa.

 

En su producción más reciente, que ha estado trabajando durante los últimos cuatro años, establece un vínculo entre la fotografía, el cine y la pintura. Cuadro x Cuadro consta de tres series conformadas cada una por aproximadamente 108 cuadros realizados al óleo, de formato pequeño (31 x 33), que en total, dan cerca de 300 cuadros. Acompaña a esta serie una animación de 25 segundos, donde las piezas adquieren unidad, que la artista realizó junto con uno de sus hijos, estudiante de cinematografía. 

 

Con un desarrollo extraordinario y consistente de la figura y  el dibujo -que es un elemento fundamental en su obra- despeja la escena de todo exceso para enfocarse en los personajes y su acción: el movimiento en el tiempo y en el espacio. En toda la serie no existen más elementos que las figuras y las representaciones de elementos como una mesa, una silla o una puerta. Algunas veces, las diferencias entre un óleo y otro son apenas perceptibles, sólo por detalles mínimos. El fondo de los primeros cuadros es casi neutro y parejo; posteriormente van variando para, al final volver a ser plano.

 

Su trabajo es pausado, despacio, meditado.

 

El énfasis está en el tiempo: detenerlo, diseccionarlo crear movimientos casi imperceptibles que se verán al final, al visualizar el recorrido. Al tomar foto cuadro por cuadro, éste es también revelado. Visto cinematográficamente, no dura más de tres segundos. Este proceso cinético se relaciona con la reflexión respecto a la temporalidad y los actos: detener el movimiento, tomar conciencia de cada gesto.

 

Por otro lado, en esta serie, cada pintura tiene un valor en sí misma. Cada pequeño lienzo está realizado con la intención de ser contemplado con intimidad; por lo tanto, el recorrido debe ser lento, paulatino.

 

Teresa Zimbrón contrasta el realismo de los personajes y el fondo de un desierto abstracto que representa el tema de la soledad, la pérdida y la transformación. Es una reflexión sobre el transcurrir del tiempo; desde una narrativa visual muy poética, en una de las series la artista alude a un instante de la adolescencia que luego desaparece; en otra, el encuentro de la niña con la adulta, que es la misma persona, que evoca también la esencia de la infancia que se pierde a lo largo de la vida.

 

 

 

Autor/Redactor: Redacción Artes e Historia México
Editor: Manuel Zavala Alonso

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Teresa Zimbron

 

 

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